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BOQUERÓN: EL BAUTISMO DE FUEGO QUE FORJÓ LA INMORTALIDAD DE LA GARRA PARAGUAYA

A 94 años de la victoria de Boquerón, Paraguay recuerda una de las páginas más trascendentales de la Guerra del Chaco. El 29 de setiembre de 1932, tras semanas de asedio, sacrificio, sed y resistencia, las fuerzas paraguayas recuperaron el estratégico fortín. La conducción de José Félix Estigarribia, el valor de los combatientes y la entrega de las mujeres de la sanidad militar quedaron grabados en la memoria nacional. Boquerón se convirtió así en símbolo de heroísmo, sacrificio, solidaridad y defensa de la soberanía paraguaya.

📅 29/09/2026 16:12 👤 red24 👁️ 74 lecturas
 BOQUERÓN: EL BAUTISMO DE FUEGO QUE FORJÓ LA INMORTALIDAD DE LA GARRA PARAGUAYA
Hoy, al cumplirse exactamente 94 años de aquella alborada histórica del 29 de setiembre de 1932, la memoria nacional se detiene con reverencia ante el hito fundacional de nuestra soberanía en el territorio chaqueño. La Batalla de Boquerón no constituyó un simple triunfo armado; fue el crisol donde una nación entera, desafiando a un adversario numéricamente superior y mejor pertrechado, demostró que el fervor patriótico, el ingenio logístico y la brillantez estratégica pueden torcer la historia.

El camino hacia este bautismo de fuego se pavimentó en julio de 1932, cuando el fortín cayó en poder de las tropas invasoras como represalia tras el incidente de la laguna Pitiantuta. Bajo la clarividente conducción del entonces teniente coronel José Félix Estigarribia, el Ejército Paraguayo, movilizando en su fase inicial a unos 5.000 hombres desde Isla Po'i, se lanzó a la recuperación del bastión el 9 de setiembre. Los primeros embates frontales, dictados por el arrojo pero carentes de experiencia en aquel terreno indómito, se estrellaron contra un muro de fuego enemigo, cobrándose la vida de valerosos oficiales como el capitán Oscar Rivas Ortellado.

Ante este dramático revés y la inmensa dificultad logística que suponía la falta de agua en el frente, Estigarribia viró el timón y ejecutó la magistral táctica del “corralito”. Este doble envolvimiento estranguló sistemáticamente las líneas de suministro enemigas. El asedio se consolidó en un desierto calcinante, donde nuestra milenaria lengua guaraní se erigió como un indescifrable escudo criptográfico, frustrando cualquier intento de espionaje. A su vez, en la retaguardia, el ingenio en los Arsenales de Guerra obró el milagro de movilizar cisternas improvisadas, inyectando la vida líquida a una infantería que se batía contra las balas y el letal azote de la deshidratación.

El teatro de operaciones chaqueño atestiguó sacrificios que trascienden la mera crónica militar. Las trincheras fueron testigos de la agonía del teniente 1° Rodolfo Zotti, acribillado sobre las alambradas de “Punta Brava” y pidiendo clemencia al cielo por una gota de agua, mientras el sargento Paredes intentaba, en un acto desgarrador de camaradería, lanzarle su propia cantimplora. Asimismo, la metralla no pudo destrozar el honor: la historia guardará siempre el pacto de sangre entre el teniente paraguayo Fernando Velázquez y su antiguo prisionero, el capitán boliviano Tomás Manchego, quienes se reencontraron heridos de muerte en el hospital del fortín y pidieron ser sepultados juntos, desafiando la lógica del odio.

El desenlace sobrevino cuando el sufrimiento traspasó los límites humanos. A las 05:30 de la mañana del 29 de setiembre, el comandante boliviano Manuel Marzana y sus tropas esqueléticas se rindieron incondicionalmente. En ese instante supremo, el soldado paraguayo demostró su nobleza sin par: en lugar de cobrar revancha frente a un enemigo indefenso, compartió de inmediato sus raciones y cantimploras con los prisioneros, confraternizando en medio de la desolación.

Un Homenaje a los Ángeles de Blanco: Las Heroínas de la Sanidad Militar

En el marco de esta remembranza solemne, la pluma de la historia y el periodismo tiene el deber moral de rendir un tributo especial a un pilar frecuentemente omitido: nuestras heroicas mujeres ex combatientes. En medio del rugir ensordecedor de los cañones y bajo los cobardes y repetidos bombardeos aéreos contra los hospitales de sangre, emergió la monumental figura de María Victoria Candia.

Liderando el primer contingente de enfermeras de la Cruz Roja Paraguaya, estas valientes mujeres se internaron en el “infierno verde”. Sin su estoica presencia en Isla Po'i y Villa Militar, la victoria habría sido imposible. Con las manos manchadas de sangre, sanaron heridas de fusil, mitigaron el dolor de las amputaciones, consolaron a los moribundos de ambos bandos y devolvieron la moral a los combatientes que yacían destrozados. Ellas fueron el pulso latente de la retaguardia y el corazón misericordioso del frente; una prueba fehaciente de que el coraje en la Guerra del Chaco llevó, con idéntica gloria, un rostro femenino.

EPÍLOGO ÉPICO Y SOLEMNE: LA ETERNIDAD EN EL POLVO DEL CHACO

Hace 94 años, las campanas de Asunción tañeron anunciando al mundo que la República del Paraguay no se doblegaría jamás ante la usurpación. Boquerón fue nuestra inmolación y nuestra escuela, el santuario donde el dolor se transmutó en victoria. Hoy, las armas reposan, pero el eco del heroísmo sigue vibrando en cada rincón del Chaco Boreal. La sangre vertida en aquellos pajonales áridos no se evaporó con el sol de setiembre, sino que echó raíces profundas, floreciendo en la soberanía plena de la nación. Que el recuerdo de aquellos leones y aquellas ángeles de la sanidad permanezca inalterable ante el paso de los siglos, como un faro perenne de dignidad, sacrificio y amor sagrado a la patria. Honor y gloria a los inmortales de Boquerón.

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