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El ocaso del debate y de las propuestas, que cede al imperio de la emoción afectiva y “efectiva”: el diagnóstico de lo que dejó la campaña proselitista municipal y el nacimiento de un nuevo mapa político

A pocas horas de las elecciones municipales, el cierre de la campaña abre un debate sobre la transformación de la cultura electoral paraguaya. El avance de las redes sociales, la pérdida de protagonismo de los programas de gobierno y el peso de los factores emotivos y económicos forman parte de un escenario que merece una profunda reflexión. Este análisis examina el desplazamiento de las propuestas por las consignas, el papel de las estructuras partidarias y la necesidad de recuperar el debate público, la participación ciudadana y el ejercicio consciente del derecho al voto.

📅 03/10/2026 12:13 👤 red24 👁️ 54 lecturas
El ocaso del debate y de las propuestas, que cede al imperio de la emoción afectiva y “efectiva”: el diagnóstico de lo que dejó la campaña proselitista municipal y el nacimiento de un nuevo mapa político
A escasas horas de que el electorado acuda a las urnas, podemos anticipar que este domingo dejará como saldo un nuevo mapa de la situación política del país. Sin embargo, la radiografía que traza esta contienda revela una transformación profunda y, en muchos sentidos, preocupante de la cultura electoral paraguaya.

El aparato tradicional frente a la era digital

En el centro de la dinámica electoral paraguaya persiste una regla ineludible: “Cuanto más gente participa, más se enfrenta a los partidos con aparato duro y/o estructurado, como el del Partido Colorado; y cuanto menos gente participa, más se los beneficia”. Esta maquinaria partidaria, históricamente disciplinada, tiene la ventaja de movilizarse desde muy temprano en las jornadas de votación.

No obstante, el terreno de juego ha cambiado. Estas elecciones y la contienda proselitista que acabamos de vivir (o de sobrevivir) ya no se parecen a las tradicionales. Las grandes movilizaciones populares, las recorridas barriales multitudinarias y los monstruosos cierres de campaña en las plazas han sido o están siendo suplantados rápidamente por el peso y la preponderancia de las redes sociales. El debate, las propuestas o lo que queda de ellas se han mudado a las pantallas.

La decadencia del contenido y la muerte del programa impreso

La pérdida de sustancia en la política actual es más que evidente, y tanto el sistema de elección actual como la compra de conciencias son algunos de los culpables directos de que esto haya sucedido y hoy sea una triste realidad. Hace no muchas elecciones, un candidato que no tuviera un programa de gobierno impreso con promesas bien establecidas no era considerado un candidato serio. Hoy, el contenido real de la política ha decaído o, en muchos casos, ha dejado de existir; en consecuencia, encontramos candidatos vacíos, pero con suficiente poder económico, que llegan muchas veces con un simple “ña ganata”.

Actualmente, ya no hay debates serios ni programas de gobierno donde se confronten, con preguntas y repreguntas, ideas y propuestas. Las campañas modernas han perdido su rol instructivo o formador desde el punto de vista cívico.

En su lugar, el discurso político se ha vaciado, limitándose a generalidades y a la famosa y repetitiva promesa de que “van a cambiar la ciudad” o “van a renovar”, y muchas veces se llega al colmo de que los candidatos, muchos de ellos del mismo signo político y movimiento de los salientes, se presentan como la única opción real de “cambio”.

El silencio sobre el “cómo” y el triunfo de lo emotivo

Lo que más resalta de este vacío discursivo es la incapacidad de los aspirantes a la hora de explicar los mecanismos reales de cómo sus promesas, proyectos y propuestas para sus ciudades (si las tuvieran) se harán realidad.

La enorme dificultad que tienen los candidatos para detallar de qué manera terminarán con problemas endémicos como la corrupción, los planilleros, la burocracia que arrastra la superpoblación de funcionarios municipales y, ni qué decir, los problemas de infraestructura y/o servicios de sus ciudades se vuelve triste y patética.

Se venden consignas de cambio, pero se ocultan, por omisión voluntaria o desconocimiento real, las estrategias sobre qué harán realmente para sacar a quienes se benefician del sistema o solucionar de fondo los problemas de sus distritos.

Ante la falta de ideas concretas, el traslado de la contienda a la inmediatez de las redes sociales y la oferta cada vez más sangrienta para la compra de voluntades y conciencias el día “D”, el votante queda a merced de sus impulsos.

Como ocurre en casi toda elección últimamente, los factores emotivos y económicos terminarán siendo los más importantes o decisivos a la hora de depositar el sufragio, mientras que el voto voluntario, consciente y razonado es cada vez más escaso.

La añoranza por los debates tradicionales puede parecer hoy “anacrónica o fuera de nuestra época” frente a los nuevos tiempos, mientras el Paraguay se encamina a redefinir su mapa de poder impulsado más por las pasiones efímeras de las campañas digitales y el poder cada vez más creciente del dinero que por la solidez de las propuestas políticas y la probidad de los candidatos.

A pesar de este panorama desolador, no debemos perder la esperanza de forjar un mañana mejor y de contar con autoridades que verdaderamente estén a la altura de lo que merecemos. La apatía no puede ganar la partida.

Resulta imperativo acudir a participar el día de las elecciones, no solo como el método principal para ejercer nuestro derecho inalienable al voto, sino como el paso necesario que nos otorga el derecho posterior a exigir y reclamar.

Instamos a ejercer un voto a conciencia; a que, frente a la urna y en el anonimato del cuarto oscuro, hagamos uso absoluto de nuestro libre albedrío para elegir las mejores opciones que creamos posibles.

Solo asumiendo nuestro compromiso ciudadano podremos empezar a construir el futuro que anhelamos.

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